El paisaje de Peñíscola es resultado de la actividad humana a lo largo de la historia de la población, que en diferentes periodos ha alterado el medio natural según lo han requerido sus necesidades. Las vegas fluviales han sido transformadas para dar paso a los cultivos agrícolas de los que se obtienen las hortalizas y verduras que acompañan los platos mediterráneos que se sirven en los restaurantes de la ciudad, además olivos, algarrobos y plantaciones citrícolas han predominado en la agricultura de Peñíscola, también la explotación forestal y la aparición de complejos turísticos y residenciales han modificado y creado nuevos paisajes con respecto a los originales.
Pese a todo esto, la orografía sigue dominando el paisaje a través de elevaciones serranas que dibujan las vistas hacia el interior, vegas que descienden hasta acumular el agua de las épocas de lluvias y llanuras costeras interrumpidas por el curso de los barrancos, siendo La Marjal el paisaje más bello que se forma en éstas.
El parque natural Serra d’Irta es la formación natural más predominante en el paisaje de la ciudad, representa un 60 % de la superficie de ésta (43 mill. de m2 de los 75 mill. de superficie que ocupa Peñíscola). El parque natural cuenta con unos elementos geológicos interesantes como son los acantilados, playas, calas y serranías. El mismo parque fue reforestado con pino carrasco, por lo que esta especie forma la textura y color predominante del paisaje, junto a arbustos como el lentisco y el palmito. La sierra, que transcurre paralela al Mediterráneo a través de una cadena de acantilados, permite disfrutar del mar y de la naturaleza en un paisaje común. Sin embargo, estos acantilados no son perceptibles desde la altura sobre la que permanece enigmática la Torre de Badum, aún vigilante de los fantasmas de los berberiscos y piratas que antaño amenazaron estas tierras. Descendiendo al sur hasta llegar al mar y dirigiendo la mirada al norte los acantilados se alzan vertiginosos, grises por la composición rocosa que los caracteriza, pero surcados por vegetación roquera en sus fisuras, lo que impregna la vista de matices verdes.
Volviendo la mirada hacia el sur la Serra d’Irta se aleja del mar, y la mayor proporción de suelo permite la aparición de grupos de especies de árboles (pinos carrascos, olmos, carrascas) y arbustos, consiguiendo ocupar una panorámica con las tonalidades típicas del bosque mediterráneo.
Durante siglos el hombre ha cultivado las laderas de esta sierra como se puede comprobar en los bancals de pedra seca arropados por muretes de pizarra y piedras calizas, y que antaño albergaban plantaciones oliveras y frutícolas. Estas terrazas aprovechaban la orografía para distribuir el agua de lluvia hacia los bancales creando así canalizaciones naturales para regar, de esta manera se frenaba la erosión de las corrientes torrenciales y se retenía el suelo, lo que garantizaba conservar durante generaciones las tierras de cultivo. Estos bancales dotan a la sierra de una armonía sobrenatural al contemplar las estrías pedregosas que se alargan horizontalmente más allá de los límites de la visión.
Una vez abandonamos los dominios de la Torre de Badum los acantilados descienden hasta que en forma de calas se unen al mar. En la comunión de calas y rocas se almacena arena fina, refugiada del oleaje junto a innumerables fragmentos de moluscos que poco a poco se van mezclando con los cantos rodados blanquecinos que castañean entre ellos cuando son batidos por las olas bajo el vuelo de las gaviotas. Estas calas nacen en las desembocaduras de los barrancos, de los que destacan el de Serra, de Argilaga y el de Pebret. Algunas de estas calas continúan su influencia hasta las profundidades, donde se dejan ver a través de cantos de mayor tamaño que surgen a la superficie del mar, creando unas vistas cuando menos sugerentes y atractivas. El tercio norte de Peñíscola muestra una mayor influencia del hombre, a través de cultivos que cuadriculan el paisaje en formas ordenadas y geométricas. Es en las vegas donde las grandes infraestructuras se suman al concierto de imágenes que componen el paisaje, la autopista A-7 y la línea de ferrocarril Valencia-Barcelona atraviesan en paralelo los dominios de las torres vigías, de tal manera que desde la costa o desde la misma Serra d’Irta, ambas infraestructuras se perciben como ríos de luz, por el efecto de los rayos de sol sobre el asfalto y sobre los raíles de acero.
Conscientes de la importancia del patrimonio natural y paisajístico, Peñíscola protege sus áreas naturales mediante la legislación oportuna, planes de conservación y regulación de usos permitidos y prohibidos. |
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